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Alcanzar la cumbre más alta de África de casi 6.000m de altitud, sin duda, era lo que más me llamaba de la Xperiencia.

Pero, sorprendentemente, no ha sido lo más importante que me llevó de la Xperiencia. Lo más importante han sido las personas. Tanto el EQUÏPO que íbamos, como las personas que fuimos conociendo del país.

Arturo Carvajal en la Xperiencia KilimanjaroVoluntariado

El voluntariado fue lo primero que realizamos al llegar a Tanzania, nunca me imaginé lo que allí íbamos a ver. Aunque sinceramente poco vimos: no tenían absolutamente nada.

Un centro médico vacío, tan solo algunos libros de práctica clínica. En el colegio, casi igual. He visto salas de espera de dentista con más revistas que la biblioteca de allí. Y el centro de discapacitados… ni siquiera existía, habilitaron un edificio que hace la función de local social para que pudiésemos atender a los niños con parálisis cerebral y otros problemas motores.

Normalmente, a estos niños no les sacan de casa, están al margen del resto del poblado. Sin embargo, queda esperanza, porque hay madres que sí se preocupan y, por lo que nos contó un profesor, llevan idea de acondicionar un colegio abandonado para que se pueda utilizar como centro para niños con discapacidad de toda la zona.

Para que os hagáis una idea os voy a describir las 3 situaciones que más me marcaron. La primera fue una mamá que nos comentaba que su hijo solo se desplazaba culeando, era capaz de ponerse de pie, pero, al andar, enseguida se cansaba y se sentaba. Entonces, ella lo que hacia era colocarlo de pie en casa, sujeto con unas telas a un mueble o a un pilar para que estuviese de pie. Me alegró mucho, porque eso es exactamente lo que tenía que hacer, para potenciar la musculatura, favorecer el buen crecimiento óseo de las caderas y acostumbrar al pequeñín a ver el mundo desde arriba. Ella no tiene ni idea de fisioterapia, pero tuvo un instinto maternal, humano y de amor que le llevó a esa conclusión.

En el otro extremo, está este otro caso: una niña de 14 años con parálisis cerebral, toda la musculatura acortada, con las articulaciones hacia la flexión, como si estuviese encogida. Se le posaban moscas en la cara y era incapaz de apartarlas con sus manos. Y en la espalda y algunos pliegues de la piel tenía úlceras (sin tratar, por supuesto). La madre nos contó que la dejaba tumbada por la mañana, se iba a trabajar y se quedaba sola hasta que volvía por la tarde de trabajar. La pobre niña así estaba, había recibido cero estimulación durante 14 años, cero movimiento, cero cuidados -aparentemente. La madre se quedó al margen mientras atendíamos a su hija. Esto se podría evitar si hubiese alguien que desde el principio les pudiese orientar y ayudar con los cuidados, porque no todo el mundo tiene ese instinto de cuidar al que lo necesita.

Y el tercer caso, es el que más me emocionó. Una niña de unos 2-3 años con retraso en el desarrollo, todo se lo tenía que hacer la madre porque ella no era capaz de moverse por sí sola. Le enseñé unos ejercicios para estimular el movimiento de voltearse y de sentarse y la mamá se quedó allí más de una hora practicando, sonriendo cada vez que su hija se daba la vuelta, porque nunca, hasta ese momento, vio que eso fuese posible.

Nosotros, que tenemos unos conocimientos académicos, les ayudamos y les enseñamos lo que sabíamos y lo que podrían aplicar allí cuando no estuviésemos. Pero ellos nos dieron más, porque sin tener nada, nos regalaron su alegría, nos invitaron a comer, los niños nos agarraban de las manos para jugar, las madres nos agradecían con su mirada y su sonrisa… y todo eso, toda esa humanidad y cariño que nos dieron, pesa más que todas las medicinas, andadores y juguetes que dejamos allí.

Arturo Carvajal en la Xperiencia Kilimanjaro
Ascensión

Luego llegó el momento de la “Montañita”, el reto deportivo de subir el KILIMANJARO (5.895m). 6 días para subir y bajar. Cada día subíamos un campo base, dormíamos en tiendas de campaña cada dos personas, comíamos dentro de una carpa todos juntos y aguantábamos la lluvia fina, el calor y el frío como bien podíamos.

Se trata de una montaña que técnicamente no tiene dificultad, pero sí que exige de una preparación y un estado de forma muy bueno para poder superar los 45 kms y más de 5.000m positivos, además del temido Mal de Altura, que a mí, personalmente, era lo que más miedo me daba. Y no solo eso, también estaba el hándicap de la diabetes, qué tal iba a responder a esas alturas, qué cambios iba a tener que hacer para llevarlo lo más controlado posible, si sería capaz de tomar decisiones en situaciones críticas, cómo podría resolver una hipoglucemia si tengo el estómago cerrado, qué pasa si no funcionan los medidores de glucosa por la altitud o el frío… esas y muchas más dudas me rondaban la cabeza esos días.

Arturo Carvajal en la Xperiencia KilimanjaroEl primero de todos, transcurrió con mucha normalidad, hablando de diabetes, a pesar de los nervios y las ganas de empezar a subir. El ambiente que había era de ilusión y mucha alegría. Los guías y porteadores nos amenizaron con canciones y en el grupo no había otra cosa más que buen rollo y muchas bromas.

¡Qué bien cuando llegamos al campamento Machame! Aunque era ya casi de noche, se veía el paraje muy bonito. Cenamos todos juntos en una carpa, comida abundante que teníamos que calcular a ojo y, como no la traían toda a la vez, me tocó ir poniendo pequeñas dosis de insulina a lo largo de la cena, un truco que apliqué el resto de días y que me fue bastante bien.

En cuanto a la insulina lenta, el día anterior bajé la dosis a la mitad, es decir, 4 unidades de Tresiba. Fue estupendo, desde España habíamos acordado con la endocrino bajarla aun más, pero una vez allí, consensuando con Elena, la súper endocrino del equipo y ahora amiga, fuimos más prudentes y establecimos que la mitad estaría bien y ya habría tiempo de bajarla más si fuese necesario. [Spoiler: no hizo falta porque lo clavamos]

El despertar era una maravilla, nos traían agua caliente “amarronada” que denominaban café y, la verdad, entraba bastante bien con el fresco de la mañana y a la tripa no le hacía daño. Nos vestíamos y quedábamos todos en la carpa para desayunar. Mismo proceso que en la cena: van trayendo poco a poco los hidratos y vamos poniendo insulina sin pasarnos porque toca andar y enseguida bajará la glucemia.

Así íbamos jugando, hasta que llegó el día de aclimatación, ese día se me juntó todo: muchas emociones juntas, pasar de los 4000m, glucemia estable, pero alta -que después fue subiendo más- y dolor de cabeza… Vamos que me dio la pájara del mal de altura. Lo gracioso fue que antes de salir les comenté a Ángel y Elena que no me importaría sentir el mal de altura, por saber lo que es y registrar eso en la memoria de mi cuerpo. ¡Pum! Pues dicho y hecho.

Empezó a apoderarse de mí el estrés y el dolor de cabeza, no era capaz de pensar con claridad para tomar una decisión, pero una vez más, gracias al compañerismo y la amistad que allí formamos, me ayudaron Sonsoles, Ángel, Mercedes y Gaby a tomar una decisión calmada, poner poca insulina, bajar haciendo medias sentadillas, y no pensar en ello, consejo que también me había dado Elena. Todo esto me ayudó a no darle muchas vueltas, a tomar la decisión más prudente y a sentirme comprendido en todo momento. El resultado: llegar a Barranco Camp en rango. Así que una vez más, GRACIAS. Estas ocasiones me han servido, una vez en España, para tomarme las glucemias con más calma, pensar en esos momentos y en las personas que tengo cerca y que me comprenden y apoyan para tomar las decisiones de manera prudente.

Después de ese día, la duda seguía rondándome la cabeza, porque, si a 4.600m había tenido mal de altura, ¿qué me iba a pasar a 5.895m? ¿Sería capaz de llegar? [No voy a hacer más spoilers, ¡tendrás que leerlo hasta el final!]

Al día siguiente volvimos a subir hasta los 4.600m y esta vez no noté síntomas de mal de altura, no tuve dolor de cabeza y tenía apetito para comer todo lo que nos echaran en el plato. Hicimos 3 horas de descanso por la tarde y a las 23:00 nos levantaban para atacar la cima Uhuru Peak (Kilimanjaro). Estaba muy nervioso, pero de esas 3 horas había dormido 2 y media, estaba fenomenal. La salida se alargaba y yo me ponía más nervioso, creo que empecé muy alto de pulsaciones y también notaba la respiración acelerada, enseguida intenté concentrarme para bajar la respiración y no pensar en lo que iba a venir, sino pensar en el momento, en los compañeros que tenía delante y en la luna que nos estaba alumbrando. Callado, paso a paso (o pole pole, como nos repetían los guías todos los días). La glucemia iba estable y no quería estar mirándola muchas veces, quería disfrutar de ese día. Después de unas paradas, el grupo se iba estirando y nos quedamos José Luis, Ángel, Elena, Jesús y yo en equipo, inseparables, apoyándonos los unos a los otros, animando a José Luis que en ese momento lo necesitaba. Yo traté de seguir otro de los consejos de Elena: dejar las emociones para el final, para cuando estemos abajo, ya que eso te hace perder fuerzas y hay que dedicar toda la cabeza en la subida, llevar un ritmo, hidratación y alimentación controlada para evitar mal de altura y no perder de vista a la diabetes. Hubo momentos duros durante la noche, de cansancio, de sueño, de mucho frío. El doble guante se me quedaba corto, tuve que cerrar el puño y dejar la mano metida en el inicio del guante para que el calor se concentrase mucho más y no se perdiera por los dedos. De los pies, notaba el derecho helado, mejor dicho, no lo notaba, intentaba mover los dedos para que llegase el riego sanguíneo pero no notaba muy bien el movimiento. Solo quería que amaneciera para que el sol nos calentase un poco. El sensor iba funcionando aún estando a -8 grados, pero para poder comprobar con capilares, fueron las tiras las que no funcionaron, el glucómetro sí. Bueno, pues las tiras al sobaco, para que entren en temperatura y poder ir haciendo capilares.

Por fin amanece y podemos ver lo alto que estamos, la inmensidad del cráter del volcán, ¡Qué regalo para la vista! Y vuelvo a sentir el movimiento de los dedos del pie. Miro las caras de mis amigos y estamos todos cansados, pero algo se ilumina también, un brillo de alegría, de “queda poco”, de “lo vamos a conseguir”. Somos un equipo y vamos a subir todos. En Stella point nos está esperando Sonso, ha subido a la cima y ha bajado a buscarnos, ¡qué fuerza! Y lo agradezco enormemente. Subimos hablando, poco, porque no nos da para mucho, pero no hace falta hablar mucho más, hay que quedarse con las vistas y la compañía, nos cruzamos con más amigos del grupo que ya bajan de la cima.

Y por fin, ¡llegamos al Techo de África!

Arturo Carvajal en la cima del monte KilimanjaroVoy a tocar el cartel, costumbre que tengo en cada pico que hago, tocar el monolito o el hito que marca el punto más alto. No puedo controlar las emociones, me acuerdo de mi hermana, a la que le dedico esta ascensión, rápidamente me quito los 3 abrigos para ponerme la camiseta que le he preparado y sacamos unas fotos. Me abrazo a Ángel, lloramos. Me abrazo a José Luis, lloramos. Me abrazo a todos los amigos que estamos allí, no me lo puedo creer. Ha sido una noche dura y larga, el día de aclimatación lo pasé fatal y ahí estoy, sin dolor de cabeza, sin pensar en la diabetes, lleno de FELICIDAD rodeado del mejor grupo que podía imaginar y acordándome de todos los que desde España sé que me están apoyando y que comprenden y comparten la felicidad que siento. 

No podemos estar mucho rato en la cima, por la falta de oxígeno, así que bajamos unos metros y allí vuelvo a la realidad: queda toda la bajada, llegar a los 3.100m. Va a ser duro, así que me mentalizo, miro glucemia, está altísima, corrijo prudentemente para no pasarme y de pronto Angelito, la cabra del Matarraña, empieza a bajar corriendo. Elena y yo no nos lo pensamos y le seguimos, de lejos, porque el tío baja rapidísimo. Llegamos a los 5.000m y no nos podíamos creer que aún tuviéramos cuerpo para ir bajando así, luego lo pagué, al llegar a los 4.600m, campo en el que paramos a comer, porque me empezó a doler la cabeza y allí tuve que tomar paracetamol y poner otras unidades de insulina porque las de antes no habían hecho efecto. Una vez todos en ese campo base, seguimos hasta los 3.100m, cansados, felices.

No éramos conscientes, ninguno, en ese momento, de lo que acabábamos de hacer, pero no se nos olvidará jamás el día que subimos el KILIMANJARO.

 

Arturo Carvajal  –  @diabetes_de_altura

 

Arturo es una de las personas diabéticas de la expedición. Le diagnosticaron Diabetes tipo 1 en Marzo de 2019. Anteriormente ya practicaba deporte y ahora está intentando adaptar el deporte de  montaña a su nueva condición

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